Podría ser un martes cualquiera en medio de una primavera que no se atreve a llegar. Demasiado temprano como para sorber un vermut, y demasiado tarde como para repetir desayuno en el “Bar Cheval” de Galapagar, Madrid. Asientos de fieltro rojo y rancio decorado me hace pensar que no han cambiado nada en todo este tiempo. El mismo sitio donde hace quince años atrás soñaba a ser mayor.

Allí pasamos largas horas charlando acerca de nuestros proyectos y sueños compartidos. La vida se asemejaba a un libro en cuyas páginas en blanco podíamos escribir juntos la historia de nuestros días venideros.

En ese mismo lugar fue donde la conocí. Y ahora estoy sentado en el mismo rincón donde hablábamos de temas importantes como en qué pueblo de la sierra madrileña nos compraríamos un chalét, o qué tipo de chimenea usaríamos para el salón. Por supuesto discutimos también sobre qué perro sería el más adecuado, ya que todo dependería del espacio del jardín y de número de hijos que tuviéramos.

Nos separamos hace aproximadamente 10 años. Quizás alguno más. He perdido la cuenta. Pero el recuerdo sigue vivo y con detalle.

El descalabro del negocio de la construcción en España ha llevado a muchos arquitectos como ella a salir del país, y por supuesto a mi también. Ahora ella vive en Dubai con su marido, y yo con mi mujer en Panamá. Pocos puntos cardinales pueden estar tan alejados entre si. Si en aquel momento nos hubieran anunciado nuestro futuro, dónde íbamos a vivir y cómo, nos habríamos reído con ganas.

Mirar hacia atrás y contrastar los sueños que tuvimos respecto a la realidad es algo así como chequear los resultados de un exámen de matemáticas hecho día de ayer, junto con el papel de las soluciones al lado.

Es chocante recordar aquellos deseos y proyectos y ver realmente dónde estoy ahora, y qué he conseguido en todo ese tiempo.

Estos quince años me han mostrado que tenemos mucho menos control sobre los acontecimientos de lo que creemos. Durante la mayor parte de la vida la pasamos proyectando realidades futuras, haciendo planes con los que por algún motivo tratamos de empaquetar nuestra experiencia. He estado persiguiendo la seguridad durante tanto tiempo y nunca he sido consciente que lo único que he conseguido es disfrutar menos.

La mente está diseñada para mantener uno de los mecanismos más básicos: el de la supervivencia. Perseguimos deseos y nos aferramos a cosas porque lo llevamos incorporado de fábrica, puedes ver el artículo acerca de los mecanismos del deseo para entender porqué sucede. Alrededor de esta premisa creamos películas para enmarcar todo lo que nos sucede. Es así porque nuestro ego necesita la solidez de lo tangible, lo medible y controlable.

Caemos una y otra vez en la trampa de perseguir ciegamente la seguridad e imaginamos escenarios para saciar nuestra sed en lugar de disfrutar más de lo que tenemos en ese instante.

Estas son las conclusiones que he llegado tras comprobarlo muchas -demasiadas- veces:

  • La mente trata constantemente de fabricar ilusiones con las que trata de aferrarnos a una falsa solidez. Lo tenemos programado. Poco podemos hacer salvo ser conscientes y prestar atención cuando sucede
  • Casi nada ninguno de esos planes llega a ser tal y como lo imaginamos. Siempre ocurrirá algo, siempre será distinto de lo que hemos fabricado en la mente
  • Lo único que permanece es la vivencia de cada instante. Solo nos queda aquello que fue vivido con intensidad. Así fue, y gracias a ello puedo recordar este instante con agrado
  • El no pensar en el pasado, ni crear expectativas de futuro da miedo. Nuestro hábito es exactamente el contrario. De forma natural no estamos preparados para dejar de hacerlo, por eso hay que tenerlo presente porque es necesario un entrenamiento en sentido inverso. He publicado muchos más trucos acerca de la mente y los hábitos
  • Enfocarme en el momento multiplica el disfrute. Cuando he conseguido tener momentos sin expectativas, compruebo una y otra vez que es la mejor práctica para eliminar toda ansiedad y disfrutar más. Se trata también de evitar hacer juicios, y evitar etiquetar lo que sucede a nuestro alrededor. Es el estado de Flujo al que he dedicado más artículos
  • Dejar de planear. La vida sería infinitamente mucho mejor si fuéramos capaces de evitar planear constantemente, su pudiéramos dejar de vivir del pasado y de crear escenarios que seguramente no llegarán, o serán realmente distintos a como habíamos supuesto.

La realidad siempre supera las expectativas. Y casi siempre para bien. Pero lo que de verdad me sobra, es pensar. La herramienta que más debería saber utilizar, me utiliza a mi. Demasiadas vueltas a la cabeza en lugar de hacer lo único que realmente se puede: vivir.

Algún día el caballo será domado, y ojalá pueda contarlo. De momento estoy bien lejos. Casualidad que justo estoy escribiendo este pequeño ensayo en un lugar llamado “Cheval”. Por algo se empieza.

Photo Credit: terururu via Compfight cc