A lo largo del día mi “intuición” (o el Juez que llevamos dentro) me avisa por anticipado con tarjetas de varios colores: verde, amarillo y rojo, acerca de cada situación, cada conversación que tengo e incluso simplemente mirando a alguien.

Lo extiendo también a lo que piensan los demás, como si fuera capaz de saberlo en cada momento. Simplemente la mente imagina cientos de situaciones anticipadamente.

A pesar de que esa intuición prematura es en algunos momentos útil, lo cierto es que en el 90% de los casos consiste en juicios basados en ningún tipo de justificación y alejados de la realidad.
Y el problema de hacer estas suposiciones es que creemos que son la verdad.

Estas suposiciones nos llevan también a malas interpretaciones, a comprender mal a otras personas, a tomarnos algo personal, y al final acabamos haciendo un drama de algo que no debería merecer la pena. Con cada una de nuestras suposiciones la mente crea una historia cada vez más distorsionada de la realidad, poco a poco va creando una película que nada tiene que ver con lo que está delante de nuestros ojos.

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Como Miguel Ruiz afirma, parte del drama de nuestra vida viene justo de las suposiciones equivocadas y por tomarnos todo personalmente.

Si en lugar de hacer suposiciones simplemente pidiéramos clarificación, se acabarían de un plumazo muchos problemas, porque ni siquiera les daríamos opción a aparecer.
En cualquier situación, siempre es mejor hacer preguntas que suponer. Cada vez que suponemos algo, abrimos la puerta a sufrir tarde o temprano con la consecuencia de nuestra película creada.

El Sistema en el que hemos nacido hace que veamos solo las cosas que queremos ver y escuchemos lo que queremos escuchar. No percibimos las cosas tal y como son. Tenemos formado el hábito de soñar sin tener ninguna base en la realidad.

Literalmente soñamos despiertos en nuestra imaginación durante todo el día. Cuando no comprendemos algo, hacemos una suposición acerca del significado. Y cuando la verdad aparece finalmente delante de nuestros ojos, nos damos cuenta que no era para nada lo que habíamos imaginado y supuesto.

Por ejemplo puedes estar andando en un centro comercial, y ves una persona que te gusta. De repente esa persona te sonríe, y se dispara la imaginación. “Le gusto!” piensas, y en la mente se crea una fantasía que lleva a otra… incluso nos podemos llegar a casar en ese sueño… Es una de las muchas fantasías que hacemos cada día. Suponemos hechos una y otra vez sin ningún tipo de acercamiento a la realidad.

En las relaciones suponemos constantemente lo que nuestra pareja está pensando, así que ni siquiera hacemos el “esfuerzo” de preguntar. Simplemente ya lo sabemos… o creemos saberlo. Y ahí llega el problema. Estas suposiciones en la pareja son una inagotable fuente de disgustos y peleas.

Algo parece haberse grabado en nuestro comportamiento que nos impide hacer preguntas. ¿Tal vez sea el temor por parecer idiotas preguntando algo que debíamos saber?
Es otro acuerdo que hay que romper: dejar de temer hacer preguntas. Nunca suponer nada.

Hacemos la suposición que los demás ven como nosotros vemos y sienten como nosotros sentimos. Asumimos que otros piensan como nosotros, y juzgan lo mismo que juzgamos. Es uno de los mayores errores que podemos pensar acerca de los demás, y esta la razón de tener miedo de ser nosotros mismos, de dejar de ser auténticos.

Creemos que los demás nos van a juzgar, nos van a criticar, nos van a culpar… Antes de que demos opción a que alguien nos rechace, ya nos hemos rechazado por anticipado por haberlo supuesto.

Hacemos también suposiciones sobre nosotros mismos. “Yo no soy capaz de hacer esto”.
A veces nos subestimamos y otras nos sobreestimamos. Quizás deberíamos de estudiar más la situación antes de emitir un juicio, o bien deberíamos dejar de mentirnos sobre lo que somos capaces y lo que no, o dejar de mirar a otro lado cuando realmente si sabemos lo que queremos.

En las relaciones, acabamos justificando porqué queremos estar con una persona. Evitamos pensar en aquellas cosas que realmente son incompatibles y nos decimos: “yo quiero a esa persona y por eso acabará cambiando”. Querer a alguien no va a hacer que esa persona cambie. Los demás cambian porque quieren, no porque tú lo quieras.
Y cuando estalla la burbuja te das cuenta y dices “como es posible que durante este tiempo no me haya dado cuenta”.

El amor consiste en aceptar a la otra persona tal y como es, sin tratar de cambiarla. Vivir con alguien consiste en aceptar una serie de acuerdos con esa persona, y es siempre mejor estar con alguien a quien no hace falta cambiar en absoluto, en lugar de tratar de cambiarle.

Cómo sería el día en el que dejamos de hacer acuerdos con nuestra pareja… o con cualquier persona en nuestra vida?
De esta forma se acabarían los conflictos creados por falsas suposiciones. Y la forma de acabar con ellas es hacer preguntas. Estar seguro de que la comunicación es totalmente clara, preguntar sin suponer nada. Al final, todo el mundo tiene derecho a responder si o no, y tu tienes el poder de preguntar.

El día en el que dejemos de suponer nada, las relaciones cambiarán entre todas las personas, y sumado a ser impecables con la palabra, no habría malentendidos ni violencia ni guerras.

Tenemos grabado como un hábito el hacer suposiciones, es muy difícil cambiarlo, igual que lo es cambiar cualquier hábito. Es la práctica continuada lo único que lo hace posible.

Como dice Miguel Ruiz,

comillasLos magos de guante blanco usan la palabra para crear, dar, compartir y amar. Convirtiendo este acuerdo en un hábito, toda tu vida se transformará completamente.

 

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