Pongamos que en el trabajo tienes una persona a tu cargo y acaba de cometer un gran error, pero no le dices nada. O bien, tu pareja acaba de  hacer algo que te duele y eliges callarte sin reaccionar de ninguna forma. Eso es aceptación pasiva.

El sentido común nos dice que en determinadas ocasiones es preferible sacar a la luz los hechos y enfrentarnos cara a cara con ellos. Pero no siempre es sencillo saber dónde está la frontera entre “dejarlo pasar” o tomar las riendas y reaccionar.

Creo que el mayor daño ocurre cuando hacemos esa aceptación pasiva con nosotros mismos.

Por ejemplo, si sabes que estás obligado por salud a dejar de fumar, iniciar esa dieta que sabes te va a hacer bien, o hablar con esa persona que te ha causado un problema. Simplemente hay ocasiones en las que no podemos dejarlo pasar.

Puede que estés cansado o que no te sientas con fuerza para enfrentarte a ese tema. De forma temporal está bien así, pero el problema sin duda volverá a aparecer si lo dejamos de lado.

Con las relaciones ocurre igual, en el transcurso de la semana debemos vivir situaciones en las que decidimos dar un paso al frente o quedarnos en la retaguardia. Es nuestra elección.

En el trabajo quizás no lo estás haciendo como deberías, has bajado tu nivel y te sientes mal.  Afecta a tu vida dentro y fuera de la jornada laboral. Tu situación puede que se note en la forma como te relacionas con los demás, y en tu autoestima.

Cuando usamos la aceptación pasiva con nosotros mismos estamos saboteando nuestra autoestima y enviamos un mensaje al subconsciente en el que admitimos que esa forma de actuar es la correcta.

Actuando así, es normal que los problemas permanezcan en el tiempo.

La única forma de hacer que los resultados que conseguimos no se repitan, es dejar de usar la aceptación pasiva.

Es obligarnos a colocar la barrera para saltar en otro nivel, subirla un peldaño más en lugar de acostumbrarnos a pasarlo todo por alto.

¿Cómo vencer la aceptación pasiva?

Primer paso. Este patrón de conducta muchas veces los hacemos de forma automática, sin ser conscientes. Para poder dar el paso adelante, lo primero es ejercitar nuestra capacidad de ser conscientes, mediante ejercicios de mindfulness.

Segundo paso. El segundo paso es reaccionar. No vale de nada darnos cuenta si finalmente no hacemos nada. Cada vez que nos estamos traicionando podemos decirnos a nosotros mismos “ya está bien! “. Dejar de ser pasivos y tomar las riendas.

 

También en algunos casos la mejor forma de reaccionar es precisamente no hacer nada, al menos de forma temporal.

En medio de una fuerte discusión, mejor desconectar y salir fuera a andar. No quiere decir que dejemos el tema, sino que ponemos los medios para enfrentarnos mejor a él a cabo de un rato.

Lo importante es reaccionar con nuestra actitud y rebelarnos contra ella de forma enérgica, no dejar que nuestro subconsciente cree el hábito de no-actuar.

Esta aceptación pasiva es la que hace que no se puedan resolver nuestros problemas y que no avancemos.

El no identificar y actuar con ellos ya sea en el ámbito de la familia, trabajo, las relaciones, o a nivel general, hace que el ciclo se repita una y otra vez.

La aceptación pasiva es una forma de miedo. Es esconder la verdad.

No siempre es la mejor solución encarar la cruda realidad, pero al menos es mejor ser conscientes de ella y balancear nuestra forma de resolverla o bien de aceptarla.

Una vez hecho este ejercicio, podremos colocar el problema dentro de los dos círculos que definió Epicteto:

¿está en la zona de las cosas sobre las que podemos actuar, o en la zona de los factores externos?

Incluso si el resultado es que el problema no lo podemos resolver porque está en la zona de aquellas cosas que escapan a nuestro control, podemos elegir aceptarlo. Aunque sea de forma temporal.

Se trata de elegir crear un nuevo hábito y añadirlo a nuestra lista.

Aceptar conscientemente siempre será mejor que la aceptación pasiva.

 

Photo Credit: Juan Manuel Cruz del Cueto via Compfight cc