Cinco personas en una sala de reuniones de color azul, alfombra recién colocada y fuerte olor a pegamento. Algunos cuadros de sabor añejo contrastaban con las sillas de de diseño importadas del país donde todos los sueños se pueden conseguir.

Transcurrieron meses de discusiones y viajes, reuniones y decenas y decenas de emails incluyendo fines de semana. En esa sala atmósfera era de cansancio, nos habían mantenido en espera durante cinco horas.

Todavía quedaban un par de puntos a tratar y temíamos alguna sorpresa de última hora.

Nada imprevisto ocurrió.

No hicieron falta las interminables partidas de ajedrez que jugué en solitario en mi cabeza, tratando de planificar cualquier desviación y contratiempo.

Al cabo de tres o cuatro horas más, respiramos aliviados cuando pronunciaron la frase “Vamos a imprimir el contrato” … Entonces los números astronómicos bailaron sobre el papel al lado de la firma.

El sentido de la medida de lo que uno está a punto de conseguir puede perderse cuando es para otros para quien trabajamos. Al fin y al cabo estamos haciendo un poco más ricos a los que ya lo son.

Fueron meses de trabajo y esfuerzo en el que los dos compartimentos de trabajo y vida personal intercambiaron fluidos peligrosamente. Por mucho que queramos aislarlos, pagamos un precio cuando la vida se contamina demasiado por el trabajo, o el trabajo es influido por los acontecimientos personales.

Pero la teoría y la realidad son dos amigos lejanos que se encuentran de vez en cuando para tomar unas copas.

El mega-contrato se firmó. A partir de ahora un país de Centro América contará con electricidad para suministrar a decenas de miles de personas gracias a la energía que nos regala el sol.

Durante este tiempo se formó en mi cabeza una historia. Una película con final feliz en la que el logro sería visto como algo más que un beneficio económico.

Y porqué no decirlo, una película en la que el protagonista se llevaría algo más que una palmada en la espalda por salvar a la princesa.

Nota: Este texto forma parte de una serie de artículos acerca de “Motivación laboral ]

Cometí varios errores en la cuidadosa elaboración del guión. Nuestra mente funciona la mayor parte del tiempo en el modo “monkey mind”, algo igual que soñar despierto. Lo hacemos un 70% del tiempo sin darnos cuenta y si nos pagaran, seríamos mas brillantes generando historias que el guionista de Breaking Bad. Esto hizo que me olvidara totalmente de colocar la expectativas donde deben estar, y la decepción llegó por no prestar atención a lo único que debe importarme.

Mi primer error fue pensar que en vista de lo descomunal de la operación iba a existir una reacción más “personal” del lado de mi empresa. Olvidé que el objetivo de cualquier entidad es echar más aceite a la máquina de generar dinero, y una vez conseguido, simplemente subir el listón para buscar más. En esa ecuación, las personas pueden quedar segundo plano, muy por detrás del gran titular en la prensa.

La única forma de superar esto es evitar tener expectativas en el trabajo más allá de nuestra propia satisfacción y dejar a un lado la decepción. [En el enfoque de Las dos Puertas del artículo Haz lo que Amas hablé de cómo enfocarnos en el trabajo y en lo que realmente nos llena de una forma estratégica.]

Este plan exige colocar con cuidado las expectativas, asignando únicamente a aquello que está en nuestra mano y no depende del feedback de otros. Esta es una garantía de satisfacción personal.

Es aceptar participar el show haciendo playback. Y fuera de él cantar la canción que nos llena.

Si trabajas para otros te encontrarás con situaciones similares en las que tus expectativas alteren tu estado de ánimo y te roben la energía.

Deja al lado la decepción, baja las expectativas de los demás.

Espera lo mejor de ti mismo y celébralo… aunque tengas que brindar a la luna

Nota: esta noche correrá el champagne.

espera lo mejor de ti mismo

 

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