La vida es bastante simple. La pasamos haciendo cosas. Unas fracasan. Otras funcionan. Haces más de aquellas que funcionan. Si lo haces muy bien, entonces otros corriendo lo copiarán. Entonces debes de hacer algo distinto. El único truco está en hacer ese algo distinto. Leonardo da Vinci.

Cuando me dedicaba a pintar pasé por varias fases en las que copiar era lo máximo a lo que podía aspirar. La falta de un lenguaje propio me obligaba a tratar de reproducir lo que otros habían ya realizado. Lo cierto es que copiar sirve para desarrollar las habilidades de observación, es una herramienta que prepara para lo que puede venir después: interpretar y desarrollar un lenguaje.

Por el contrario, el exceso se puede convertir en algo dañino. Copiar demasiado cierra la puerta a la creatividad. Limitar el riesgo de crear algo nuevo reduce las opciones para seguir aprendiendo a partir de un cierto nivel.

Copiar se puede convertir en adictivo, porque siempre es más cómodo representar patrones que ya funcionan. Es una via en la que hay menos probabilidades de equivocarnos y sobre todo si lo hacemos sobre modelos que aparentemente tienen éxito.

Pero no cabe duda que para avanzar en una habilidad – técnica, social, vital, de trabajo- el camino más directo es aprender de otros e imitar.

Hace años, y en aquella época de aprendizaje y copias hice una reproducción de un cuadro de Leonardo da Vinci. Los pintores del Renacimiento tienen algo mágico y misterioso que atrae. Además la paleta de colores es limitada y sencilla, casi todo son colores tierra y muy apagados. Es un buen ejercicio.

Y así fue, copié tal cual el cuadro, buscando el máximo parecido tanto en la forma como en los colores y armonía. Durante dos años pensé que mi cuadro estaba bien, me sentía contento con la reproducción. Ese aspecto envejecido y ocre le regalaba incluso algo de valor. Coloqué ese cuadro en la pila de trastos y más cuadros contra la pared.

reproducción de cuadro de Torrents Lladó. Por Pedro Sanz

Uno de los muchos ejercicios de copiar…Reproducción de cuadro de Torrents Lladó. Por Pedro Sanz

Un día de repente vi la noticia que el mismo cuadro del que hice la reproducción, se había acabado de restaurar completamente en Italia. Como por arte de magia sus tonos ocres oscuros se habían convertido en variedades de marrones, ocres y rojos. La ropa que la figura poseía cobró vida y surgieron matices verdes y violetas. Era como si durante siglos hubiéramos estado observando el cuadro con un filtro sombrío, anulando los miles de matices y riqueza que había bajo el polvo acumulado y la suciedad.

Yo creía que precisamente el rasgo característico de aquellos pintores eran esos colores apagados y tan sencillos, como si no hubieran avanzado todavía en la química de los pigmentos y del color. Qué paradoja creer que estaba aprendiendo a destilar vino, cuando realmente solo miraba la botella.

Creemos copiar la esencia de algo cuando realmente nos enfocamos en el envoltorio, en la apariencia. Copiamos los modelos incorrectos o bien observamos en el modelo aquello que no deberíamos copiar. Podemos estar haciéndolo durante años sin darnos cuenta.

La sociedad en la que vivimos es la que nos hace equivocarnos. Los modelos que copiamos son incorrectos, no somos capaces de mirar correctamente bajo la capa que cubre la esencia.

En la calle Claudio Coello de Madrid hay muchas galerías de arte, algunas realmente caras. Los sábados en la mañana solía pasearme por el barrio de Salamanca y acababa en aquella calle tranquila y señorial. Y allí fue donde desarrollé una técnica muy peculiar para observar. Solo hay una forma de distinguir de verdad el valor de las cosas:

Cuando miro un cuadro en una galería de arte, imagino que está fuera de allí y lo sostengo en mi mano colocándolo en un garaje viejo y sucio. Miro el cuadro en ese nuevo entorno en mi mente y entonces le asigno el valor.

Instantáneamente ocurren dos cosas -suelen aparecer los extremos en este ejercicio- o bien el cuadro se convierte en algo vulgar y a veces ridículo para el precio que le han dado, o bien emite una luz enorme que contrasta con ese entorno desagradable. No hay términos medios.

La mayor parte de las veces que asignamos el valor incorrecto a las cosas, situaciones y a las personas. Y son los “indicadores sociales” aquello que nos equivoca.

¿Es una persona famosa? ¿canta bien? ¿es atractivo? ¿el libro es un bestseller? ¿es un cuadro caro?… entonces debe ser bueno !

Nuestro entorno multiplica la probabilidad de que nos equivoquemos al copiar de esos modelos, y que por ello si los copiamos nos conducirán a un grave error. La mayor parte de nuestra vida la pasamos imitando modelos, por lo tanto las consecuencias a las que da lugar nos transforman y afectan a nuestras elecciones… y por ello a nuestro destino.

Es sencillo perder el sentido crítico cuando nadie nos ha enseñado a hacer las preguntas correctas, ni a saber cómo copiar la esencia que de verdad merece la pena de las cosas, situaciones y de las personas.

Pregúntate bien:

¿Con quien te comparas? o mejor dicho…

 

¿con qué te comparas de esa persona?

 

comillasLa imitación no es solo la más sincera forma de halagar. También es la forma más sincera de aprender.

George Bernard Shaw

 

Todos los días en el trabajo o con los amigos nos comparamos. Casi nunca conocemos las variables para medir por lo que ha pasado esa persona para tener su éxito. Pero lo más importante: olvidamos preguntarnos qué es el éxito para nosotros.

 

¿Qué es para mi el éxito?

¿Cual es el precio que él ha tenido que pagar, lo conozco? ¿me merece la pena imitarle?

 

La mayor parte de las respuestas pueden descartar a esa persona como modelo a copiar.

Copiarnos de otros es necesario, imprescindible. Pero hay que tener cuidado de limpiar primero la superficie. No copies el color gris. Puedes estar perdiendo múltiples capas de color que son la esencia y que te pasan desapercibidas.

Copiar es un arte y una necesidad diaria.

 

No te dejes engañar por el envoltorio: no te deslumbres por él porque quizás esa luz no tiene valor fuera de su entorno. Tampoco lo descartes si aparentemente no brilla porque puede haber magia y color si miras bien.